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Historia del vehículo eléctrico: declive, resurrección y (mucho) futuro

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¿Por qué triunfó el motor de combustión? ¿Seguirá con su hegemonía? Vamos a verlo.

¿Recuerdas cuando hablamos sobre la historia de los vehículos eléctricos? Seguro que te dejamos en ascuas con la pregunta que planteábamos al final: si estos automóviles estaban tan presentes a principios del siglo XX, ¿por qué les acabaron ganando la partida los de motor de combustión? Y añadimos otra más: ¿cuál de los dos se llevará el gato al agua en el futuro? Sigue leyendo, que venimos con respuestas.

Por qué triunfó el motor de combustión

La llegada del Ford T en 1908, con las cadenas de montaje, abarató los vehículos de combustión, que tenían algunas ventajas esenciales en comparación con los eléctricos. Por ejemplo, el tiempo de recarga del combustible y el fácil transporte del carburante hasta las primeras gasolineras. También, por supuesto, su autonomía entre dos recargas de combustible. Todo esto era imprescindible en zonas como las rurales, donde ni siquiera había redes eléctricas.

Todo esto está muy bien, pero ¿qué pasa con la dichosa manivela para arrancar el motor de combustión? Te hablamos sobre ella en un artículo anterior: mientras los vehículos eléctricos se arrancaban fácilmente, los de motor térmico requerían bastante esfuerzo porque, en vez de poner una llave en el contacto, había que mover una manivela para ponerlos en marcha.

Pues esta cuestión se solucionó en 1912: entonces fue cuando se inventó el motor de arranque eléctrico, así que se acabó el engorro de remangarse y sudar para poner en marcha un coche de combustión.

El talón de Aquiles de las baterías

Podemos decir que las baterías fueron el punto débil del vehículo eléctrico en aquella época porque la energía que se podía cargar en la batería estaba limitada. También hay que tener en cuenta que todavía estaban surgiendo las primeras redes eléctricas en las ciudades.

Ese contexto favorable condujo a que el vehículo de combustión interna aumentara sus prestaciones en los años 20 del siglo pasado, sobre todo en lo que se refiere a su autonomía de funcionamiento. También impulsó su desarrollo la construcción de redes de carreteras en EE. UU. y Europa después de la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, las gasolinas se abarataron debido a los descubrimientos de grandes yacimientos de petróleo.

Por todo ello, el mercado acabó decantándose hacia los motores de combustión, especialmente el de gasolina, que satisfacía las necesidades de los usuarios —autonomía, facilidad de carga, precio…—. Así que el motor térmico fue el ganador.

Vehículo eléctrico vs combustión: ¿qué nos espera en el futuro?

Ahora, en un momento en el que el vehículo eléctrico toma impulso de nuevo, volvemos a una situación similar a la de finales del siglo XIX. Y, de nuevo, nos planteamos una cuestión: ¿qué tecnología será la que se utilice en los próximos 50 años? La respuesta a esa pregunta puede estar en la solución al dilema de la autonomía que ya existía hace más de 100 años.

Por un lado nos encontramos con los desarrollos tecnológicos en baterías, que permiten una autonomía cada vez mayor. Por eso los vehículos eléctricos han vuelto como alternativa al motor de combustión.

Sin embargo, los vehículos eléctricos con baterías recargables no son la única solución de la que disponemos: también hay vehículos eléctricos con pila de hidrógeno e incluso motores de combustión que, en vez de carburantes, utilizan hidrógeno para generar electricidad. A todo esto hay que sumar las nuevas tecnologías que se estén desarrollando en la actualidad y que impulsarán el desarrollo de una automoción más sostenible.

Podemos decir que, efectivamente, el futuro está abierto, pero el vehículo eléctrico parece ser el que tiene más posibilidades de desarrollo en estos momentos. Su gran ventaja respecto a los vehículos de combustión reside en la ausencia de emisiones contaminantes. Una ventaja que mantendrá, eso sí, siempre que la electricidad que utilice para moverse proceda de fuentes de energía limpias y renovables.

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